Victoria de un equipo

09/09/2018 @Mariluzsanchez

El Real Zaragoza arrolló al Real Oviedo en el Carlos Tartiere. Los blanquillos continúan sin perder en el inicio de temporada

Hay días en los que apetece hablar de fútbol y la tarde del sábado en el Carlos Tartiere dejó una noche estupenda para los ensueños zaragocistas. Saltó por los aires la nebulosa blanquilla a golpe de goles y las dudas y desesperanzas de los dos últimos empates desaparecieron como si nunca hubieran sido.

El mismo sistema, los mismos protagonistas con la suma de nuevos titulares. No fue algo distinto lo que cambió el destino, fue más de lo mismo. Recuperó Verdasca su lugar en la defensa para comandar junto a Grippo las faenas de retaguardia. Regresó Zapater al medio para liberar a Ros en el pivote. Movimiento de piezas para que el puzzle comience a encajar pero siempre girando sobre la misma idea de fútbol elegante, rápido e incisivo liderado por Jorge Pombo como pieza clave identitaria, el catalizador entre el trabajo y el ingenio.

Este Real Zaragoza, sin embargo, no es equipo de un sólo nombre porque éste también es el equipo de Igbekeme, la panterica nigeriana que aparece allá donde sea que se le precise para rebañar balones y devolverlos al circuito maño. Es el equipo de Benito y Lasure que desde la sobriedad abren autopistas en ambas bandas. Está Cristián para salvar la portería partido tras partido y sabiendo aparecer cuando afloja la presión y el dominio. Porque a este Real Zaragoza le gusta el balón y le gusta mimarlo hasta que llega a Marc Gual o Álvaro Vázquez que viven por y para el gol, para marcarlo o asistirlo.Este Real Zaragoza es el de mucha gente, de los que cada fin de semana retoman la ilusión para animar a su escudo sin importar el marcador anterior.

Ese fue el que se plantó desde el minuto cero en Oviedo. Cierto es que se encontró un rival romo pero en esta ocasión tampoco hubiese sido suficiente un rival que sumase más delanteros ante la posesión primorosa que ejercieron los zaragocistas. Verdasca avisó de lo que se le venía encima a los carbayones, Álvaro Vázquez enseñó las orejas del lobo en el minuto quince. Recepcionó el maravilloso pase de Ros desde campo propio para de primeras cruzársela a Herrero que no pudo hacer nada por evitar el primero de la tarde.

Ya a la vuelta del descanso, el orgullo de equipo local estiró a los azulones que se volcaron en el área blanquilla. Lejos de amilanarse o encerrarse los de Idiákez optaron por aprovechar los huecos. La lucha de Gual terminó en una serie de dos córner consecutivos. En el segundo de ellos, el preciso centro de James se alió con el exterior de Diogo Verdasca para culminar con gol de volea.

El cero a dos daba tranquilidad en el marcador pero no saciaba el hambre de los jugadores zaragocistas. El siguiente en dejar su nombre en las estadísticas fue James Igbekeme. Inició la jugada personal desde la banda izquierda, hizo una pared de libro con Pombo y se internó en el área para amagar con su pierna buena y remachar con la derecha el tercer gol maño.

Con el partido decidido, el rival vencido y orgullo fortalecido faltaba un gol con sabor aragonés. No era complicado en equipo con cuatro canteranos en liza pero tenía que ser Soro. Tenía que ser de las Cinco Villas como el capitán Zapater, tenía que ser en Oviedo dieciséis años después como Cani. Tenía que ser él. Un augurio buscado por la fe zaragocista entre posos de café, alineaciones estelares, quiromancias y novenas a San Antonio, la Virgen del Pilar, San Valero y todas las cortes celestiales. El cielo abierto entre los nubarrones de la tormenta que nunca cesa. Alberto Soro finalizó la jugada de Pombo y Aguirre. Pasaba por allí y la empujó. Estaba donde debía y consiguió el gol. Saber hacer y saber estar.

Así acabó la cuarta jornada para el Real Zaragoza, sumando, siempre sumando, sin derrotas en el casillero, cumpliendo y prometiendo. Dejando promesas suspendidas en el cierzo que iluminan las miradas y las sonrisas cómplices de tantos y tantas que al día siguiente del partido lucen con más orgullo que el día anterior una camiseta, un escudo, unos colores y un sentimiento que por más que te explique jamás vas a entender si no celebraste cada gol del Tartiere como los de aquel ocho de febrero en la Romareda. 

*Foto: realzaragoza.es

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